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¿Se puede ahorrar siendo un buen vecino?

Por Laura Aguilar Ramírez.

Vivo en un lugar lejano a donde nací. Y aquí todo es distinto. Principalmente la forma de convivir entre vecinos.
Suspiro por mis vecinos, quienes estábamos en las buenas y en las malas.

Soy de la Ciudad de México y siempre tuve vecinos que nos echábamos la mano uno al otro.
Recuerdo por ejemplo a Angelita que abrió muchas veces su refri al pedirle yo un jitomate o un chile para acompletar mi comida. El sábado que iba al mandado le regresaba su jitomate o su chile, pero el favor que me había hecho, no se lo podía yo pagar mas que con otro favor, porque gracias a ello, mis hijos no se quedaban sin comer.

Había ocasiones en que se le acaba el gas y entonces le prestaba mi tanque de reserva. Al día siguiente o cuando pasara el camión, me regresaba mi tanque. pero mientras tanto, ya había tenido para guisar.
Y así nos prestábamos un favor y otro. Aveces salía y me encargaba comprarle su gas. Otras veces, me pedía higos de mi higuera para preparar un dulce. Otras veces, yo le pedía me cuidara por una hora a mi hijo, mientras iba al mercado.

Otras veces si iba yo a la tortillería, le traía sus tortillas y si ella salía a la tienda, me traía mi refresco.

Te preguntarás ¿de qué manera ahorrábamos, al prestarnos un servicio la una a la otra?

Muy fácil.
Si yo le prestaba un tanque de gas, ella podía cocinar lo que ya tenía. De otra manera, hubiera tenido que ir a la tienda, comprar un pan, jamón o lo que le faltara para preparar un sandwich o una comida fría como atún, etc.
Si lo tenía en casa, bien. ¿y si no? Tenía que gastar algo fuera de su presupuesto.

De la misma manera yo. Si no hubiera contado con ella, hubiera gastado más dinero del que contaba porque tendría que comprar en la tienda verdura, carne que en el mercado me vendían más económica y sobre todo, más fresca.
Al cuidarme a mi hijo una hora, podía yo ir al mercado por mi verdura o mi carne. Ahorraba dinero.
Por supuesto que compraba muchas cosas en la tiendita de mi barrio, pero no verdura ni carne pues la daban más cara.
Ahora si que "zapatero a tus zapatos". El pollo en la pollería, la carne en la carnicería, la verdura en la verdulería, las tortillas en la tortillería y el pan, en la panadería.

Algunas veces, por no pagar el recibo de la luz a tiempo por falta de dinero, me la llegaron a cortar y entonces me prestaba de su luz por un día o dos mientras yo podía pagar mi recibo. De la misma manera si a ella le sucedía lo mismo.
Difícilmente en mi barrio sufrimos sin luz, sin agua o sin gas.

Nos dábamos la mano unos a otros.
Para ello, aplicábamos una simple fórmula:
Si me prestan un jitomate, regreso un jitomate. Si presto un tanque de gas, me regresan un tanque de gas.
Si me hacen un favor, yo hago otro. Como por ejemplo si ella salía y me encargaba comprar su gas, si yo salía le encargaba a mi hijo por una hora.
Si yo al ir al mercado, le traía su verdura o carne; ella al ir a la tienda, me traía mi refresco o mi pan de dulce.

El ser buen vecino no sólo reporta satisfacción y buena convivencia. Reporta un buen ambiente, reporta una amistad. Y de pasadita, se ahorra uno dinero que no está nunca de más.

Y con ello, no dejábamos de comprar en la tienda, ni en la carniceria, ni en la verdulería.
A veces íbamos por ejemplo a la Reparadora de calzado y de pasada, le llevaba sus zapatos a arreglar.

Casi siempre estábamos en comunicación. Si ella salía a la tienda, al mercado, a la carnicería o a cualquier lado me preguntaba si necesitaba algo. Y yo hacía lo mismo con ella.

Como te imaginarás, viví siempre en buenos vecindarios. En vecindarios tranquilos, donde nos saludábamos unos vecinos y otros. Y difícilmente teníamos problemas entre nosotros ni con los prestadores de servicios.
Viví en muchos barrios o colonias en la Ciudad y en todas viví igual.

Conocíamos al del camión del gas, de la basura, al del camión del agua y los tratábamos y nos trataban con respeto. El cartero era como de la familia jajja. El señor durante más de treinta años cubrió nuestra ruta. Nunca nos fallaba con nuestras cartas o recibos.
El señor de la basura nunca nos fallaba al cubrir su ruta. El del gas no nos fallaba al cubrir su ruta.
Tal vez no vivían en nuestro vecindario, pero llegábamos a conocerlos como si fueran vecinos nuestros.

Y no faltaba la clásica vecina que se animaba a llevar la "tanda" que nos sacaba de muchos apuros y que era nuestra forma de ahorrar un poco. Al recibir nuestra tanda, muchos podíamos comprar de contado algún artículo que de otra manera nos costaba más.
Durante más de veinte años, la Sra. Virginia nos hizo el favor de llevar la "tanda". Yo le entregaba el dinero de mi mamá cada sábado cuando niña y mi mamá me mandaba a llevarlo. Después al empezar a trabajar yo, tuve mi propio número y todavía cuando casada, seguí llevando mi tanda que ahhhh cómo me sacó de tantos problemas e imprevistos.
Incluso, alguna vez, la llevé yo. Mis vecinos no me fallaban nunca al darla y yo menos al entregarla.

Con mis tandas pagué regalos para mi marido, pagué mi lavadora, pagué dinero que debía, etc.

Eso es lo que yo extraño aquí. La vecindad tan bella que se establece en los barrios de la Ciudad de México.

De hecho, hay una palabra que describe la vecindad en México. Y muchas personas aún la usamos: "manita" o "manito". Porque éso somos: una manita que se da al otro.

A varios de mis vecinos no los llamaba por su nombre, sino les decía "manita" o "manito". Al igual que a varios de mis familiares.

Hace mucho no escucho "Oye, manita ¿no tienes un jitomate que me prestes?". Hace mucho que no digo: "Oye, manita ¿no tienes una cazuela grande para guisar mi mole?"

Ah, qué tiempos aquellos en que tu vecino era tu mejor "mano".
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