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Cuidados básicos para el jardín

Cuidados básicos

Quizá la norma más básica que debemos seguir para mantener el buen estado del jardín sea su limpieza. Se trata de una tarea que, en función del tamaño del jardín, puede hacerse un tanto pesada, aunque no suele ser el caso en jardines de pequeño tamaño. En cualquier caso, dedicarse a las habituales tareas de limpieza y mantenimiento del jardín no debería verse como una carga, sino más bien como una oportunidad para entrar en contacto con el jardín, con aquellos detalles que normalmente pasan desapercibidos. Una oportunidad para seguir su evolución a lo largo de las estaciones.

En primer lugar resulta conveniente retirar los restos vegetales: hojas y ramas caidas, plantas muertas, restos de malas hierbas, etc. Nunca debe permitirse que se acumulen y se descompongan en cualquier lugar, o acabarán dando paso a verdaderas colonias de insectos que pueden acabar convirtiendose en una plaga. Como mínimo muy molesta para nosotros. Se deben retirar estos restos, sacarlos del jardín o en caso de disponer de una compostadora, pueden servir de base para hacer compost con el que abonar.

Un buen cultivo minimiza el riesgo de aparición de enfermedades. Cuanto más fuerte se encuentre la planta, mejor resistirá las agresiones. El medio ambiente en el jardín tendrá una influencia capital. Debemos contar con un espacio aireado pues la falta de ventilación favorece, entre otras cosas, la aparición de hongos. Los excesos de humedad, sobre todo en el suelo, causan podredumbres y hongos. Mantener una cierta distancia entre plantas ayudará a controlar la propagación de las plagas.

En tercer lugar se deben controlar los insectos. En un medio natural, o rural, lo ideal es permitir que el equilibrio natural entre insectos y depredadores cuide de nuestro jardín. Pero desgraciadamente en los pequeños jardines urbanos nos encontraremos con que este equilibrio casi nunca va a ser posible; es necesaria nuestra intervención. Como primera medida podemos plantearnos cultivar especies resistentes a plagas, para después aplicar de tanto en tanto tratamientos preventivos de tipo orgánico. Se trata de productos de origen natural, normalmente derivados de plantas, que no resultan agresivos con el medio.

Un ejemplo destacado es el Neem, del que se extrae un insecticida notablemente eficaz en su trabajo y prácticamente inocuo para las plantas o los humanos: el aceite de Neem. Combina efectos repelentes de larga duración con efectos insecticidas y bactericidas que lo hacen sumamente eficaz. En caso de encontrarnos con una plaga desarrollada es posible que debamos recurrir a un tratamiento específico de tipo químico: insecticida, fungicida, o acaricida. Los insecticidas que actúan por contacto al rociar la planta usualmente solo eliminan a los insectos adultos. En unos días los huevos que éstos habían puesto eclosionarán reproduciendo la plaga. El truco es insistir: aplicamos el tratamiento insecticida, esperamos una semana, volvemos a aplicar el tratamiento, esperamos una semana,.... un mínimo de tres veces hasta acabar con la plaga. Si no apreciamos efectos deberemos cambiar de producto.

En cualquier caso ante la duda, deberíamos llevar una muestra de la plaga al centro de jardinería habitual.

El abonado en el jardín

Los abonos, tanto de procedencia orgánica, como de procedencia química, tienen como objetivo cubrir las necesidades de determinados elementos en nuestro jardín.
Todo abono consta de tres elementos fundamentales: nitrógeno (N), fósforo (P), y potasio (K). Además de estos elementos llamados “macronutrientes”, incorporan toda una serie de elementos igualmente necesarios, pero en cantidades mucho menores, los “micronutrientes”: Hierro (Fe), calcio (Ca), magnesio (Mg), manganeso (Mn), etc.


Los abonos de origen orgánico, como por ejemplo el estiércol o el humus de lombriz, funcionan aportando materia orgánica en descomposición. En este proceso de descomposición van a intervenir una gran variedad de organismos que resultarán beneficiosos para el buen estado del suelo en nuestro jardín. Ayudan a equilibrar el suelo. Los abonos químicos por su parte simplemente aportan las sustancias que el fabricante ha incluido.


Abonar un jardín debe hacerse en función de la demanda; a mayor número de plantas con flores, mayor concentración de arbustos, etc., mayor será esta demanda. Podemos tomar como norma general que la mejor época para abonar el jardín es aquella que comprende los meses de primavera y verano ya que es el momento en el que las plantas se encuentran más activas.


En las zonas con arriates y macizos de flor compuestos por plantas que se renuevan anualmente, deberemos abonar generosamente con abono orgánico precisamente en el periodo en que estamos renovando su contenido. Este abono tardará un par de semanas en empezar a liberarse pues primero debe iniciar el proceso de descomposición. Aprovecharemos también este momento para limpiar el suelo y cavar para airear la tierra.


En zonas con césped deberemos prestar especial atención a las épocas cálidas en las que los riegos y los cortes son frecuentes, en este periodo deberemos abonar regularmente con abono químico granulado, especial para césped.


En jardineras y grandes macetas los mejores resultados se obtienen recurriendo al humus de lombriz mezclado con la tierra, o a abonos químicos de liberación lenta. El efecto de ambos se prolongará durante meses.


En cualquier caso, al adquirir un abono deberemos seguir las instrucciones de uso al pie de la letra. Normalmente en el etiquetado el fabricante nos indicará la composición y sus proporciones. Por ejemplo, un abono en el que se pueda leer “15-15-15” nos estará indicando las proporciones de nitrógeno, fósforo, y potasio (N-P-K), en ese orden.

El compost

Podemos considerar el compost como una forma de humus obtenido de forma artificial mediante un proceso que se conoce como compostaje, o “composting” en inglés. Se parte de materia orgánica de origen diverso que deberá ser descompuesta por microorganismos, algunos insectos, lombrices, etc., en un proceso aeróbico. En esta descomposición controlada de materia orgánica debe evitarse la presencia de un exceso de agua pues daría lugar a procesos anaeróbicos y por tanto a la aparición de malos olores. Durante el proceso de compostaje en realidad lo se creará es el ambiente adecuado (nivel de humedad, temperatura, PH, etc.) para que se produzca la descomposición natural de la materia orgánica de forma rápida e inodora.

Este ambiente adecuado para el compostaje se crea ajustando los siguientes factores:

-Temperatura: Temperaturas en el intervalo de 35 a 55 grados centígrados son las más adecuadas. Temperaturas por encima eliminarán algunos microorganismos beneficiosos para el proceso de compostaje.

-Humedad: La humedad debería rondar el 50% y, generalmente, no debería superar el 60% pues en ese momento se producirían problemas de oxigenación: se produciría una descomposición anaeróbica que desprendería malos olores. Por otra parte, un nivel muy bajo de humedad ralentizará la actividad de los microorganismos. En cualquier caso el nivel óptimo de humedad dependerá del material a compostar.

-El Ph: El Ph afectará notablemente a la actividad de los organismos encargados de compostar, si bien algunos organismos como por ejemplo hongos, tienen una tolerancia superior, otros no podrán desarrollarse si nos alejamos demasiado de la zona de Ph neutro, en torno a un Ph 7.

-Oxigeno: Para conseguir una descomposición aeróbica, libre de malos olores, la presencia de oxígeno es fundamental. Dependiendo de los materiales quizá se necesite forzar la aireación.

-Adecuada proporción de Carbono y Nitrógeno (C/N): La relación entre las cantidades de carbono y nitrógeno (C/N) convendría que rondaran el 25-35 para obtener un compost de calidad, o lo que es lo mismo, entre 25 y 35 veces más carbono que nitrógeno. Paja, serrín, hojarasca, ramas, etc., son materiales pobres en nitrógeno y ricos en carbono. Estiércol, guano, todo tipo de vegetación verde, restos animales, etc., son materiales ricos en nitrógeno y con menor contenido de carbono.

El compost, o humus artificial, resulta un excelente abono tanto en agricultura como en el jardín que además mejora las propiedades físicas y químicas del suelo. Por un lado retarda los procesos de erosión al tiempo que mejora la aireación del suelo, así como su capacidad de retención de agua. Aumenta la cantidad de nutrientes disponibles en el suelo, tanto macronutrientes (N-P-K), como micronutrientes. El compost mejora igualmente la capacidad de intercambio catiónico del suelo (CIC), es decir, la capacidad de dicho suelo para retener nutrientes. El compost facilita y mejora la actividad biológica en el suelo favoreciendo el desarrollo de multitud de organismos, y microorganismos, que mejorarán las condiciones de cultivo.

El compost además representa una interesante opción de cara al reciclado de los residuos orgánicos procedentes de cualquier ciudad.

El compost deberá mezclarse con el sustrato, el suelo, pues su concentración es excesiva para ser usado solo. Una proporción del 30% podría ser la adecuada.


Malas hierbas

En primer lugar debemos aclarar el concepto de "mala hierba". No se trata de plantas que sean intrínsecamente buenas o malas, simplemente el concepto de mala hierba hace referencia a aquellas plantas que crecen donde no deben, y en ocasiones extendíendose de forma muy rápida.

Por tanto hay que tener claro que lo que puede ser considerado mala hierba en un jardín, puede ser una bendición en otro. Las llamadas malas hierbas suelen ser plantas autóctonas de la región, que podemos ver habitualmente en el campo, generalmente con una gran capacidad de dispersión, resistentes, y muy competitivas. Dentro de la categoría de malas hierbas podríamos distinguir el subconjunto de las plantas invasoras. Se trata de plantas procedentes de otras zonas del mundo, habitualmente traidas por el hombre, y que poseen una gran capacidad de expansión. Si las condiciones son adecuadas pueden expandirse de tal modo que acaben desplazando las especies autóctonas. Por tanto debemos ser especialmente cuidadosos con las especies que elegimos para nuestro jardín.

Tratándose de cultivos las consecuencias pueden ser diferentes, pero en el tema que nos ocupa, el jardín, la presencia de malas hierbas se suele reducir a un simple problema estético. Plantas que nacen en zonas que hemos dedicado a otras especies compitiendo con ellas por los recursos: espacio, luz, agua, y nutrientes.

Podemos clasificar las malas hierbas en dos grupos diferentes: anuales y perennes. Las anuales son aquellas que solo viven unos pocos meses liberando gran cantidad de semillas al morir. Pueden llegar a darse varios ciclos en el mismo año, por lo que este tipo de plantas se extiende de forma muy rápida y deberíamos prestarles especial antención. Las perennes llegan a vivir bastantes años, rebrotando cada primavera a partir de bulbos y rizomas que sobreviven bajo tierra, pudiéndose reproducir a partir de simples fragmentos de éstos. También producen semillas. Su control es más problemático que el grupo anterior precisamente a causa de sus estructuras subterráneas: arrancar la planta no es garantía de su total eliminación a menos que nos aseguremos de sacar con ella la totalidad de sus raíces. En caso contrario pueden volver a brotar a partir de los restos que queden en la tierra.

La mejor forma de evitar la presencia de malas hierbas es la prevención. Algunos consejos sencillos pueden ser:

- Las malas hierbas acabarán apareciendo hagamos lo que hagamos, es casi inevitable, así que debemos adquirir la costumbre de irlas quitando a mano de forma regular, conforme hagan su aparición. De este modo evitaremos llegar a la situación de plaga.

- Antes de plantar en un jardín deberemos limpiar lo mejor posible el terreno.

- Se debe evitar regar aquellas zonas del jardín en las que no hayamos plantado nada por el momento.

- Recubrir los espacios con grava o corteza de pino también es una buena solución preventiva.

- Como última solución, si la plaga ya es de consideración, podremos recurrir al uso de productos químicos como herbicidas. Aunque siempre con un cierto cuidado, por su toxicidad y porque podemos acabar dañando las mismas plantas del jardín que deseábamos mantener.

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